EL CORAZÓN DE CRISTO

EL CORAZÓN DE CRISTO

EL CORAZÓN DE CRISTO

«Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». (Jn 3,16-17)

El Hijo único del Padre se nos dio a los hombres por María, la siempre Virgen. De esta forma podemos decir: Deum verum et hominem verum (Verdadero Dios y verdadero hombre).

Ella, la siempre Virgen, porque su virginidad es signo de su fe no adulterada por duda alguna y de su entrega total a la voluntad de Dios.

Ella conoce mejor que nadie cómo es el Corazón de Jesús, es la perfecta discípula. Por ello, el Corazón de María está íntimamente unido al Corazón de Su Hijo¡Íntimamente unido!  La Madre hace suyos los sentimientos de Su Hijo y el Hijo de igual forma con Su Madre.
Esta unión de corazones alcanza su culmen en el Calvario: aquí María se une al Hijo en el martirio del corazón y en la ofrenda de la vida al Padre por la salvación de la humanidad. Nuestra Madre ha abrazado el dolor del Hijo y ha aceptado con Él la voluntad del Padre en una perfecta obediencia.

Ella nos ha hablado a lo largo de los siglos a través de mensajes sencillos. En ellos nos invita continuamente a la conversión del corazón, a ofrecer sacrificios y oraciones por los pecadores y a reparar el Corazón de Jesús.

En Fátima (Portugal) el 13 de junio de 1917 dijo:

“Jesús quiere servirse de ti (Lucía) para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono.”

En Medjugorje dijo: «Os invito a la renuncia durante nueve días, para que, con vuestra ayuda, todo lo que yo quiero realizar mediante los secretos que comenzaron en Fátima pueda cumplirse (el Triunfo de su Inmaculado Corazón).» Mensaje del 25 de agosto de 1991.

Cuando uno se enamora verdaderamente de alguien, se enamora de su corazón. Para enamorarnos de su corazón necesitamos conocerlo. Cómo y cuánto ama, cómo siente, cuánto sufre, cómo se compadece, etc., y, además, estar alegres cuando lo está y llorar cuando llora.

Pues bien, por encima de este corazón y de todos los corazones del mundo a lo largo de todos los siglos hay uno que es Único y verdaderamente merece ser amado y adorado, el Corazón de Cristo, el Corazón de Dios.

El Sagrado Corazón de Jesús, como se nombra en las letanías, es: horno ardiente de caridad, abismo de todas las virtudes, digno de toda alabanza, Rey y centro de todos los corazones, paciente y lleno de misericordia, triturado por nuestros pecados, hecho obediente hasta la muerte, traspasado por una lanza.
Jesús nos Amó hasta el extremo, no solo con palabras sino que lo demostró con obras.
«El cual, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres».(Cf Fil 2,7). Semejante en todo menos en el pecado.
Él vivió en pobreza, padeció hambre, sed, persecución, incomprensión, rechazo, traición, todo lo que podamos imaginar. Él experimentaba los sentimientos humanos: la alegría, tristeza, admiración, amor, etc.

Lloró sobre Jerusalén: «Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: “Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz”» (Lc 19, 41-42);
Lloró con la muerte de su amigo Lázaro: «Viéndola llorar Jesús (a María), y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: “Señor, ven a verlo”. Jesús se echó a llorar».  (Jn 11, 33-35)

Los sentimientos de tristeza alcanzan en Jesús una gran intensidad en el momento de Getsemaní. Leemos: «En medio de su angustia oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre». (Lc 22, 44).
Entregó Su vida por nosotros en la Cruz, para salvarnos del pecado y de la muerte eterna. La hora de la Pasión es el culmen de Su Amor, meditando las palabras que pronunció en la Cruz, nos damos cuenta del desgarro supremo que sufrió su alma y su cuerpo.
Eloí, Eloí, lemá sabaqtaní… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15, 34). En esa Cruz, Cristo, se dejó traspasar el Corazón por una lanza, del que brotó Sangre y Agua.
Para conocer quien es Cristo, para enamorarnos de Él debemos no solo orar y pedir esta gracia, sino meditar Su Santa Palabra.
Y quiso quedarse con nosotros, porque Él mismo la noche en que iba a ser entregado, instituyó el Sacrificio Eucarístico de Su Cuerpo y de Su Sangre, para perpetuar el sacrificio de la Cruz y entregarle a Su Esposa (la Iglesia) el memorial de su muerte y resurrección.

Por eso, cada vez que se celebra la Santa Misa, en el momento de la Consagración, el vino y el agua son transubstanciados en la Sangre Preciosísima de Jesús y el pan en Su Cuerpo. Podemos decir que en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía verdaderamente se encuentra el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.
¿Y solo ir a la Santa Misa los domingos?…Creo que no quiero perderme el regalo de poder recibir a Cristo cada día.

Aquí dejamos una oración, que podemos hacer cada día, para consagrarnos a este dulcísimo Corazón. Dictada por Nuestra Madre en Medjugorje.

CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Oh Jesús, nosotros sabemos que Tú fuiste manso,
y que ofreciste tu Corazón por nosotros.
Él está coronado de espinas por nuestros pecados.
Sabemos que Tú oras por nosotros, aún hoy,
para que no nos perdamos.
Jesús, acuérdate de nosotros
cuando caemos en pecado.
Por medio de Tu Corazón Santísimo,
haz que todos nosotros, los hombres, nos amemos,
que desaparezca el odio entre los hombres.
Muéstranos tu Amor.
Todos nosotros Te amamos
y deseamos que nos protejas,
de todo pecado, con Tu corazón de Pastor.
¡Entra en cada corazón, Jesús!
Llama, llama a la puerta de nuestro corazón.
Sé paciente y perseverante.
Nosotros aún estamos cerrados,
porque no entendemos Tu Voluntad.
Llama continuamente,
Haz, Oh buen Jesús, que Te abramos nuestros corazones,
al menos en la hora en que nos acordemos
de Tu Pasión sufrida por nosotros. Amén.

Y nos dio una promesa para no olvidar nunca:

«Y SABED QUE YO ESTOY CON VOSOTROS TODOS LOS DÍAS, HASTA EL FINAL DE LOS TIEMPOS.» (Mt 28,20)

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