PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA

PRESENCIA REAL DE CRISTO EN LA EUCARISTÍA


“Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies”. (Sal 8, 5-7)

Hemos acudido a la Santa Misa y llega el momento de la Consagración, nos arrodillamos y ocurre el gran milagro: un poco de pan y un poco de vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Jesús (transubstanciación).
¡Pero qué misterio de Amor es poder “comerse” a Dios!, ¿de verdad es posible que Dios nos Ame tanto como para quedarse con nosotros en la Eucaristía?
Cristo, antes de padecer la Pasión, instituyó los Sacramentos de la Eucaristía y del Orden (sacerdotal).
Recordemos aquella noche… Aquella noche, en Jerusalén, los judíos se reunían para celebrar la Pascua. Jesús celebró esa última Pascua con sus Apóstoles, como nos relata el Evangelio de San Lucas.

“Y cuando llegó la hora, se sentó a la mesa y los apóstoles con él y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios»” (Lc 22, 14-16)

En esa Última Cena, Nuestro Señor, habló al corazón de los Apóstoles. Podemos leer todo lo que hizo y dijo en el Evangelio de San Juan (capítulos 13-17).
Cuando Cristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía « no se limitó a decir “Este es mi cuerpo”, “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre”, sino que añadió “entregado por vosotros… derramada por vosotros” (Lc 22, 19-20). No afirmó solamente que lo que les daba de comer y beber era su Cuerpo y su Sangre, sino que manifestó su valor sacrificial, haciendo presente de modo sacramental su sacrificio, que cumpliría después en la cruz algunas horas más tarde, para la salvación de todos.» (Carta Encíclica “Ecclesia De Eucharistia” de San Juan Pablo II).

Por eso la Eucaristía es memorial del sacrificio de Cristo, de tal forma que el sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Son idénticas la víctima y el oferente, y sólo es distinto el modo de ofrecerse: de manera cruenta en la cruz e incruenta en la Eucaristía.

Por ello, cuando asistimos a la Santa Misa nos trasladamos verdaderamente al monte Calvario, a los pies de la Cruz de Cristo, donde Él se ofrece por mí al Padre.
¡Concédeme, oh Señor, fe y verdadera devoción a la Santa Eucaristía!

En la Eucaristía están contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre, el Alma y la Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, por consiguiente, Cristo entero. Esto ocurre con cada pequeña partícula de pan consagrado: sigue estando Cristo entero.
Por la comunión de Su Cuerpo y de Su Sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu.
Por otra parte, aquella noche, también instituyó el Sacramento del Orden cuando dijo: “…haced esto en memoria mía” (Cf Lc 22, 19), confiando así a sus Apóstoles la misión de actuar en Su Nombre como pastores de la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios.

Solo el Santo Padre, los Obispos y los Sacerdotes pueden consagrar el pan y el vino, convirtiéndose en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.

¡Cuánto necesitamos a los sacerdotes!

Debemos orar por su santidad, nunca hablar mal de ellos y pedir a Dios que mande trabajadores a su mies.
Nuestra Madre, en Medjugorje, en muchas ocasiones nos pide que oremos por ellos. Es con ellos que su Corazón Inmaculado triunfará.

Cito alguno de sus mensajes:

 “Os invito nuevamente a orar por vuestros pastores, por aquellos que mi Hijo ha llamado. Recordad que tienen necesidad de oraciones y de amor. Os doy las gracias”. (Mensaje del 2/8/1018)

“No olvidéis que en la Eucaristía, que es el corazón de la fe, mi Hijo está siempre con vosotros, viene a vosotros y parte el pan con vosotros porque, hijos míos, Él ha muerto por vosotros, ha resucitado y viene nuevamente. Estas palabras mías vosotros las conocéis porque son la verdad y la verdad no cambia; solo que muchos hijos míos la han olvidado. Hijos míos, mis palabras no son ni antiguas ni nuevas, son eternas.” (Mensaje del 2/5/2016).


Ahora pensemos en un árbol. De un buen árbol proceden frutos buenos; así, de un naranjo bien cultivado obtendremos naranjas con un zumo exquisito. ¿Cómo cambiará mi vida si llevo una vida de Gracia y recibo al Señor en la Eucaristía?
Los frutos de recibir la Santa Comunión son maravillosos, el principal es la unión íntima con Cristo Jesús. El Señor dice: «Quien come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).
La Eucaristía fortalece la caridad. Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de arraigarnos a Él, y nos preserva de futuros pecados mortales.
Por eso, no debemos desanimarnos cuando no hacemos lo bueno que quisiéramos y, sin embargo, hacemos aquello que no querríamos, porque poco a poco Cristo nos va transformando en Él mediante la vida de Gracia que nos regala. Nosotros debemos luchar contra nuestras pasiones y pecados y mantener la voluntad firme, sin olvidar nunca que por nosotros mismos no conseguiríamos nada y que todo cambio de nuestro corazón procede de Dios.

 “…permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. (Jn 15 4,5)

Por último, me gustaría invitaros a pasar tiempo con Jesús Sacramentado. Él os espera.
Estar en Adoración frente a Jesús es una gracia inmensa. Cuando estamos delante de Él, en el silencio, nos habla al corazón. Como el discípulo amado, también Jesús desea que reclinemos nuestra cabeza sobre Su pecho y descansemos en Su Amor. Solo Dios puede llenar esa sed inmensa que sentimos, solo Él puede dar descanso al alma, solo Él colma el corazón, porque fuimos creados por Él y para Él.
Asistir a la Adoración Eucarística nos sana de todas nuestras heridas y va cambiando el corazón configurándolo al de Cristo.
Nuestro Señor Jesús habló a Santa Margarita María Alacoque (1647-1690) mientras estaba en adoración.

“Todas las noches del jueves al viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a mi Padre, te postrarás rostro en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores”.

Así nació la devoción de la Hora Santa, una oración reparadora en unión con Jesús sufriente en Getsemaní. Pío XI, al comienzo del Año Santo de la Redención (1933/34), exhortó al ejercicio de la Hora Santa como un “obligado y amoroso recuerdo de las amargas penas que el Corazón de Jesús quiso soportar para la salvación de los hombres”.
Durante esta hora podemos rezar el Santo Rosario y meditar Su amarga Pasión, Su grandísima humillación y Su infinito Amor no correspondido.

 

¡TE DAMOS GRACIAS SEÑOR POR QUEDARTE CON NOSOTROS EN LA EUCARISTÍA, AYÚDANOS A AMARTE CADA DÍA MÁS!

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