JESÚS, LUZ DEL MUNDO

JESÚS, LUZ DEL MUNDO

«Jesús les habló de nuevo diciendo: «yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Juan 8,12

Seguir a Jesús es caminar en verdad pero ¿qué es caminar en verdad?. Vamos a desarrollar parte de la encíclica titulada VERITATIS SPLENDOR del Papa San Juan Pablo II que nos dará respuesta a esta pregunta.

Estamos llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, «luz verdadera que ilumina a todo hombre», y así los hombres llegan a ser «luz en el Señor» e «hijos de la luz», santificándose obedeciendo a la verdad. Mas esta obediencia no siempre es fácil. Debido al misterioso pecado del principio cometido por instigación de Satanás, que es «mentiroso y padre de la mentira», el hombre es tentado continuamente a apartar su mirada del Dios vivo y verdadero y dirigirla a los ídolos, cambiando «la verdad de Dios por la mentira»; de esta manera, su capacidad para conocer la verdad queda ofuscada, y debilitada su voluntad para someterse a ella. Y así, abandonándose al relativismo y al escepticismo, busca una libertad ilusoria fuera de la verdad misma.

Pero las tinieblas del error o del pecado no pueden eliminar totalmente en el hombre la luz de D

ios creador. Por esto, siempre permanece en lo más profundo de su corazón la nostalgi

a de la verdad absoluta y la sed de alcanzar la plenitud de su conocimiento.

«Se le acercó uno y le dijo: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?”. Él le dijo: “¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. “¿Cuáles?” le dice él. Y Jesús dijo: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Dícele el joven: “Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?”. Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme”»

Desde la profundidad del corazón surge la pregunta que el joven rico dirige a Jesús y Él con delicada solicitud pedagógica, responde llevando al joven como de la mano, paso a paso, hacia la verdad plena.

Sólo Dios puede responder a la pregunta sobre el bien, porque Él es el Bien.

Dios ya respondió a esta pregunta: lo hizo creando al hombre y ordenándolo a su fin con sabiduría y amor, mediante la ley inscrita en su corazón, la «ley natural». Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se debe evitar. Dios dio esta luz y esta ley en la creación. Después lo hizo en la historia de Israel, particularmente con los mandamientos del Sinaí.

Los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna, estos constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio. «La primera libertad —dice san Agustín— consiste en estar exentos de crímenes…, como serían el homicidio, el adulterio, la fornicación, el robo, el fraude, el sacrilegio y pecados como éstos. Cuando uno comienza a no ser culpable de estos crímenes, comienza a alzar los ojos a la libertad, pero esto no es más que el inicio de la libertad, no la libertad perfecta…»

Algunos hablan de teonomía, o de teonomía participada, porque la libre obediencia del hombre a la ley de Dios implica efectivamente que la razón y la voluntad humana participan de la sabiduría y de la providencia de Dios (…). El hombre no tiene originariamente este «conocimiento», sino que participa de él solamente mediante la luz de la razón natural y de la revelación divina.

Hasta aquí la encíclica.

Cada día debemos estar firmes y seguros de que la Sagrada Escritura es la fuente siempre viva y fecunda de la doctrina moral de la Iglesia, y el Catecismo de la Iglesia Católica es el texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica.

Ahora bien, frente a esta Verdad que solo procede de Dios se alzan en batalla muchas corrientes.

San Juan Pablo II avisaba de este mal en la encíclica titulada FIDES ET RATIO.

“Pido a todos que fijen su atención en el hombre, que Cristo salvó en el misterio de su amor, y en su permanente búsqueda de verdad y de sentido. Diversos sistemas filosóficos, engañándolo, lo han convencido de que es dueño absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás consistirá en esto”

Uno de estos sistemas filosóficos es el relativismo. Este sistema utiliza como excusa el derecho de todo ser humano a ser libre (libertad mal entendida y por tanto falsa), pretendiendo hacernos creer que los pensamientos y opiniones que cualquiera pueda tener, son todos válidos y tienen parte de verdad (aunque estos pensamientos sean contrarios entre sí).

Nuestra Madre en Medjugorje nos ha advertido de estos peligros para el alma. Ella nos habla del modernismo, dentro del cual se encontraría el relativismo del que hemos hablado. He aquí un mensaje reciente:

“Queridos hijos, hoy os invito a orar por la paz. Paz en los corazones, paz en las familias y paz en el mundo. Satanás es fuerte y quiere poneros a todos en contra de Dios, haceros regresar a todo lo que es humano y destruir en los corazones todo sentimiento hacia Dios y las cosas de Dios. Vosotros, hijos míos, orad y luchad contra el materialismo, el modernismo y el egoísmo que el mundo os ofrece. Hijos míos, decidíos por la santidad, y yo, con mi Hijo Jesús, intercedo por vosotros. Gracias por haber respondido a mi llamada”. (25 de enero de 2017)

Por eso nunca podemos olvidar que para el “mundo” la Cruz de Cristo es necedad, pero para nosotros, los que queremos vivir en la Verdad, es sabiduría. No podemos contentar al “mundo” y al mismo tiempo permanecer en la Verdad, por eso no tengamos miedo de lo que nuestros amigos, conocidos y familiares puedan pensar de nosotros o decirnos.

Pidamos a Cristo que nos conceda la gracia de la fortaleza y valentía para dar testimonio de Él en todo tiempo y lugar. Como dijo San Juan Pablo II: “Vosotros, ¿tenéis sed de vida eterna?”

  

¡NO TENGAIS MIEDO DE MIRAR A CRISTO!

 

 

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