LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

El cuarto misterio de Gloria que rezamos durante el Santo Rosario nos conduce a la meditación de este dogma proclamado en el año 1950.

«Creemos que la Bienaventurada María, que permaneció siempre Virgen, fue la Madre del Verbo encarnado, Dios y Salvador nuestro, Jesucristo y que ella, por su singular elección, en atención a los méritos de su Hijo redimida de modo más sublime, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original y que supera ampliamente en don de gracia eximia a todas las demás criaturas.

Ligada por un vínculo estrecho e indisoluble al misterio de la encarnación y de la redención, la Beatísima Virgen María, Inmaculada, terminado el curso de la vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste, y hecha semejante a su Hijo, que resucitó de los muertos, recibió anticipadamente la suerte de todos los justos; creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo ejercitando su oficio materno con respecto a los miembros de Cristo, por el que contribuye para engendrar y aumentar la vida divina en cada una de las almas de los hombres redimidos.» (CREDO DEL PUEBLO DE DIOS. Solemne Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, al concluir el Año de la fe proclamado con motivo del XlX centenario del martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en Roma )

Ella, que participa ya de la gloria de la resurrección de su Hijo, anticipa la resurrección de todos los miembros de su Cuerpo Místico.

El dogma de la Asunción de la Santísima Virgen fue declarado por el Papa Pío XII en la constitución apostólica Munificentissimus Deus el día 1 de noviembre de 1950.

En él se citan las palabras de san Juan Damasceno:

«Era necesario que Aquella que en el parto había conservado ilesa su virginidad conservase también sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte. Era necesario que Aquella que había llevado en su seno al Creador hecho niño, habitase en los tabernáculos divinos. Era necesario que la Esposa del Padre habitase en los tálamos celestes. Era necesario que Aquella que había visto a su Hijo en la cruz, recibiendo en el corazón aquella espada de dolor de la que había sido inmune al darlo a luz, lo contemplase sentado a la diestra del Padre. Era necesario que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo y que por todas las criaturas fuese honrada como Madre y sierva de Dios»

Las palabras del Papa al concluir este documento fueron:

«Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste. Por eso, si alguno, lo que Dios no quiera, osase negar o poner en duda voluntariamente lo que por Nos ha sido definido, sepa que ha caído de la fe divina y católica. Para que nuestra definición de la Asunción corporal de María Virgen al cielo sea llevada a conocimiento de la Iglesia universal, hemos querido que conste para perpetua memoria esta nuestra carta apostólica; mandando que, a sus copias y ejemplares, aun impresos, firmados por la mano de cualquier notario público y adornados del sello de cualquier persona constituida en dignidad eclesiástica, se preste absolutamente por todos la misma fe que se prestaría a la presente si fuese exhibida o mostrada. A ninguno, pues, sea lícito infringir esta nuestra declaración, proclamación y definición u oponerse o contravenir a ella. Si alguno se atreviere a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente y de sus santos apóstoles Pedro y Pablo.»

Los últimos años de María sobre la Tierra es cosa clara que vivió junto a San Juan, pues había sido confiada a sus cuidados filiales.

Al declarar el dogma de la Asunción de María el Papa Pío XII no quiso confirmar si la Virgen murió y resucitó enseguida, o si marchó directamente al cielo sin pasar por el trance de la muerte. Hoy día, como en los primeros siglos de la Iglesia, la mayor parte de los teólogos piensan que también Ella murió, pero —al igual que Cristo— su muerte no fue un tributo al pecado, ya que era Inmaculada, sino para asemejarse más completamente a Jesús. Y así, desde el siglo VI, comenzó a celebrarse en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte.

Los escritos de los Padres de la Iglesia refieren detalles sobre la Dormición y la Asunción de la Virgen basados en relatos que se remontan al siglo II. Según estas tradiciones, cuando María estaba a punto de abandonar este mundo, todos los Apóstoles —excepto Santiago el Mayor, que había sufrido martirio, y Tomás, que se hallaba en la India— se congregaron en Jerusalén para acompañarla en sus últimos momentos.

Depositaron su cuerpo en el sepulcro. A los pocos días llegó Tomás que insistió en ver el cuerpo de la Virgen, y encontraron la tumba vacía, mientras se escuchaban cantos celestiales.

Solo hay dos tumbas en el mundo que están vacías, la de Jesús de Nazaret y la de Su Madre Santísima, ambas en Jerusalén.

¿Y qué ocurrió cuando nuestra Madre llegó al Cielo?

Durante el rezo del quinto misterio del Rosario contemplamos la coronación de María como Reina y Señora de todo lo creado.

Al leer el libro del Apocalipsis encontramos el versículo que dice: “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1).

El Magisterio ve en esta escena el triunfo final de la Iglesia, pero también una afirmación de la victoria de María sobre la muerte. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 972 afirma:

«La Iglesia pone la mirada en María para contemplar en ella lo que es la Iglesia en su misterio, en su “peregrinación de la fe”, y lo que será al final de su marcha, donde le espera, “para la g

 

loria de la Santísima e indivisible Trinidad”, “en comunión con todos los santos”:

“Entre tanto, la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo”.»

La Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos. Porque la Santísima Virgen no sólo es nuestro ejemplo: es auxilio de los cristianos, y ante nuestra petición: Monstra te esse Matrem (muestranos que eres madre), no sabe ni quiere negarse a cuidar de sus hijos con solicitud materna. (San José María Escrivá de Balaguer).

De la esperanza y alegría de encontrarnos con Ella, nos habla en el mensaje dado el 2 de septiembre de 2015 en Medjugorje

“Queridos hijos, queridos apóstoles míos del amor, mis portadores de la verdad, os invito nuevamente y os reúno en torno a mí para que me ayudéis, para que ayudéis a todos mis hijos sedientos del amor y de la verdad, sedientos de mi Hijo. Yo soy una gracia enviada por el Padre Celestial para ayudaros a vivir la Palabra de mi Hijo. Amaos los unos a los otros. Yo viví vuestra vida terrena y sé que no es siempre fácil, pero si os amáis unos a otros, oraréis con el corazón y alcanzaréis cumbres espirituales y se abrirá para vosotros el camino hacia el Paraíso. Allí os espero yo, vuestra Madre, porque estoy allí. Sed fieles a mi Hijo y enseñad la fidelidad a los demás. Estoy con vosotros, os ayudaré. Os enseñaré la fe para que sepáis transmitirla de manera correcta a los demás. Os enseñaré la verdad para que sepáis discernir. Os enseñaré el amor para que conozcáis lo que es el verdadero amor. Queridos hijos, mi Hijo logrará hablar a través de vuestras palabras y de vuestras obras. ¡Os doy las gracias!”

 QUE ELLA NOS AYUDE A LLEGAR A LA PATRIA CELESTIAL DONDE NOS ESPERA UNA ETERNIDAD JUNTO AL DIOS QUE NOS AMA

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